noche segunda

Le decían cabaña porque en su parteaguas vigilaban los gatos. Y no fue que el amor respirara del óxido, sino el golpe interminable de la lluvia sobre el piano inflamado. Con sus patitas rojas, las voladoras suturaban de noche la herida de mi corazón. Las hormigas escondían los papeles donde escribía que te echaba de menos o que me acordaba de mi madre. Las bestias, y no un tren cargado de muerte, acabaron buscando hasta mi sombra.
La tristeza cercaba la casa. La casa amamantaba a las fieras.
Ahora extraño la ráfaga del diluvio sobre aquel perímetro hechizado: las hormigas, las voladoras, las bestias y nosotros dos, arrastrados, como una barca febril y absurda, varada en la otra orilla del mundo.


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