volar



Mientras tomo un té chai (mal hecho por impaciente) en la cocina verde, pienso en los días que he pasado con mi hermana en Munich. No compartíamos cama desde aquella siesta en la que ella se quedó dormida a mi lado sin darse cuenta. Nos llevamos muchos años, todavía, pero supongo que, igual que yo me hice mayor entonces, cuando partí al frío y a la soledad de la noche a las tres de la tarde, ella lo hará. Aquí la espero.

Vive junto a la Paradiesstrasse, a pocos metros del jardín inglés de la ciudad, un parque gigantesco donde el otoño se arroja al verde y los canales. Ella lo atraviesa en bicicleta camino de la Universidad cada mañana. Y, entonces pienso, cada noche. Y vendrá la nieve y el frío y yo solo quiero que entre en calor, y que pedalee muy rápido; que se ría mucho en las locas fiestas de extranjeros, que sepa que una conversación, aparentemente banal, puede salvar una semana.

Luego me adjetivo insoportable como una madre histérica, no como la que hemos tenido, como una abuela temerosa, como tampoco.

Nos preguntamos, imagino, cómo dos personas que han vivido tantos años en la misma casa, con los mismos padres, podemos ser tan distintas. Y creo que nos equivocamos. No lo somos tanto. Aunque ella es más inteligente y yo más pánfila. Ella pertenece a la planta de arriba, donde la música y lo privado, y yo he vivido siempre en la cocina, donde las conversaciones al olor de la cena. Ella es práctica, yo idealista. Ella fuerte, yo llorona.

He tardado en darme cuenta de por qué la necesito. A mi lado. Aunque esté lejos.


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14 Comments

  1. 11/12/2010
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    La vida es extraña. Que viajes kilómetros para reencontrarte con quien estuvo a tu lado años. La vida adulta a veces arregla lo que la infancia inconsciente y la adolescencia alocada nos impiden ver, descubir, disfrutar.
    Los hermanos crecen y se vuelven personas adultas, con los que construir una amistad de tú a tú, fuera ya las dos del nido. Lo dice quien no tiene hermanos y no puede echar de menos lo que nunca ha vivido. Pero lo imagino.

    Bello texto. Importante viaje, intuyo.

    Matiz: ser llorona no significa no ser fuerte. Conozco cobardes impasibles que no derraman lágrimas. Y luchadores supervivientes que se emocionan con facilidad.

    besos. Ganas de charla y café. A ver si.

  2. 11/13/2010
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    Este comentario ha sido eliminado por el autor.

  3. 11/13/2010
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    es que soy muy llorona, etdnilla, tú sabes… acuérdate aquel día de tu cuento en el taller…

    Lo que pasa es que mi hermana me rompió la casita de las Barbies… y ¡esa se la guardo pa siempre jum! Hago lo que puedo para perdonárselo. Y ahí va. Ha sido un viaje breve pero muy bonito.

  4. 11/14/2010
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    Eres la llorona más fuerte que ha parío el mundo. Y sin lágrimas, también podrías doblar vigas con un fruncir del ceño y un chasquear de dedos.

    Que conste, por hacerle un hueco en tu autorretrato a la realidad.

  5. Anonymous
    11/15/2010
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    ¡¡¡¡PRECIOSO!!!!!!!
    MA

  6. 11/15/2010
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    podrías decir, sra. ma, que de pánfila tengo poco… o algo

  7. 11/16/2010
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    (me río por tu último comentario)

    más que ternura, este texto, para mí.

    hermana menor fuerte, que al final nos salva.

    besos, besísimos, Ar.

  8. 11/19/2010
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    más pa tí, laritísima

  9. Anonymous
    11/25/2010
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    Oh Aroa,
    qué bonito. Gracias.

    Yo también te quiero mucho.

    Ene-minus.

  10. 11/26/2010
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    Este comentario ha sido eliminado por el autor.

  11. 12/16/2014
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    […] a ir a recoger a mi hermana pequeña. No tengo más, pero eso no cambia nada su tamaño. La he echado mucho de menos. Y me alegro de que […]

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